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G. GERBNER - L. GROSS - M. MORGAN - N.
SIGNORIELLI Crecer
con la televisión: perspectiva de aculturación
Publicado
en "Los efectos de los medios de comunicación : investigaciones y
teorías", coord. por J. Bryant, D. Zillmann, ed. Paidós, Barcelona,
1996, pags. 35-66 La
televisión es la fuente de imágenes y mensajes más extensamente compartida.
Es el eje común simbólico del ambiente en el que nacen nuestros hijos y en el
que todos vivimos nuestra vida. Su ritual de masas no da señales de flaqueza
y sus consecuencias se notan cada vez más en todo el mundo. Para la mayoría
de espectadores, los nuevos sistemas de entrega como cable, satélite y VCR,
significan una penetración más profunda y mayor integración de las pautas
dominantes, de las imágenes y de los mensajes en la vida cotidiana. Nuestro
proyecto de investigación, Cultural Indicators, identifica las
corrientes centrales de contenido dramático televisivo desde 1967 y explora
las consecuencias de crecer y vivir con la televisión desde 1974. Este
proyecto ha acumulado una extensa base de datos que hemos utilizado para
desarrollar v refinar el enfoque teórico y la estrategia investigadora que
hemos dado en llamar análisis de aculturación (véanse Gerbner, Gross, Morgan
y Signorielli, 1980a; Signorielli y Morgan, 1990). Este capítulo resume e
ilustra nuestra teoría sobre la dinámica del proceso de aculturación tanto en
los EE.UU. como en el mundo. También pone al día y amplía otro estudio para Perspectives
on Media Effects (Gerbner, Gross, Morgan y Signorielli, 1986). La
televisión en la sociedad
La
televisión es un sistema centralizado para contar historias. Sus
dramatizaciones, noticiarios, publicidad y otros programas conforman un
sistema relativamente coherente de imágenes y mensajes y los llevan a cada
hogar. Este sistema fomenta desde la infancia las predisposiciones y
preferencias que antaño se adquirían a partir de otras fuentes
"primarias" y que son muy importantes para investigar otros media. La
televisión se ha convertido en la fuente primaria común de socialización e
información cotidiana (mayormente en forma de diversión) para lo que antes
eran poblaciones heterogéneas, trascendiendo barreras históricas de movilidad
y de cultura. La mayoría de gente que ahora vive con la televisión no ha
tenido nunca otra oportunidad de participar en un sistema cultural nacional
compartido. Quizá por primera vez desde las religiones preindustriales, la
televisión se materializa en un ritual diario que las elites comparten con
muchos otros tipos de público. El nexo en la analogía entre televisión y
religión, así como su parecido en cuanto a funciones sociales, se halla en la
continua repetición de formas (mitos, ideologías, "datos",
relaciones, etc.) que sirven para definir el mundo y legitimizar el orden
social. La
televisión también difiere de otros media por su producción masiva
centralizada de un conjunto coherente de imágenes y mensajes producidos para
poblaciones globales y en su relativamente poco selectiva y casi ritual
utilización. La exposición a patrones totales más que a géneros o programas
específicos es lo que marca la diferencia histórica y las consecuencias
específicas de la vida con la televisión, es decir, el fomento de
concepciones de realidad compartidas por unos públicos que, por lo demás, son
muy heterogéneos. En modo
alguno intentamos minimizar la importancia de programas específicos ni de la
atención selectiva, percepción, comunicaciones de audiencia específica ni de
las diferencias de grupo o individuales. Tampoco restamos importancia a la
investigación sobre los cambios de comportamiento o actitudes individuales.
Sin embargo, concentrarse exclusivamente en estos aspectos y términos de la
investigación de efectos mediáticos tradicionales supone el riesgo de perder
de vista lo más esencial de la televisión que es ser el narrador de historias
más común de nuestra era. Comparada
con otros media, la televisión ofrece una elección relativamente restringida
para una variedad de intereses y de públicos de una amplitud inmensa. La
mayoría de los programas televisivos son comerciales por necesidad, diseñados
para audiencias amplias y heterogéneas y relativamente poco selectivas. La
investigación demuestra que, en general, la cantidad de televisión que se
consume es acorde con el estilo de vida del espectador. La audiencia está
constituida siempre por un grupo de personas disponibles en un momento
concreto del día, semana o estación. La elección de programas depende mucho
más del reloj que del programa en sí mismo. La cantidad y variedad de
elección al alcance del espectador cuando éste está en disposición de ver un
programa, también está limitada por el hecho de que muchos programas
dirigidos a la misma audiencia general son similares tanto en apariencia como
por su atractivo (Signorielli, 1986). En el
típico hogar norteamericano el televisor está encendido unas siete horas
diarias. Las personas de más de dos años de edad ven con atención al menos
tres horas de programación diarias. Cuanto más se ve la televisión menos
selectivo se puede ser (Sun, 1989). Los patrones de televisión más frecuentes
y repetitivos son comunes a todos los canales y para un espectador medio son
ineludibles (Signorielli, 1986). Los investigadores que informan disponer de
evidencia sobre visionados específicos (noticiarios, programas de acción) no
tienen en cuenta el hecho de que la mayor parte de la gente que consume más
noticias, más programas de acción, etc., también consume más tipos de
programas en general, y que, en cualquier caso, muchos tipos distintos de
programas, inclusive noticiarios, tienen parecidos ingredientes a aquellos
que cuentan historias. Las nuevas tecnologías, como el cable y el VCR han
contribuido en gran manera a la erosión del reparto de audiencia (y de sus
ingresos) de las tres redes principales de difusión y también han alterado el
marketing y la distribución de la industria cinematográfica. Sin embargo, no
existe evidencia de que la proliferación de canales haya asimismo creado una
gran diversidad de contenido, muy al contrario, la rápida concentración e
integración vertical en las industrias mediáticos, la absorción por parte de
los conglomerados electrónicos de las editoriales, la práctica creciente de
producción de un mismo material para varios mercados mediáticos y la
costumbre que tienen los usuarios de VC R de desplazar la franja horaria
(haciendo grabación de sus programas favoritos para visionarlos más a menudo
y en horas más convenientes) sugieren que la diversidad de lo que en realidad
se visiona puede haber disminuido. Los
espectadores experimentar un nuevo sentido de poder y de control derivados de
la capacidad de que disponen para congelar un fotograma, volver a ver una
escena, eludir los anuncios con un avance rápido c incluso evitarlos totalmente.
La disponibilidad de cintas y películas pregrabadas otorga asimismo al
espectador una variedad de elección sin precedentes. Una vez más no existe
evidencia de que dicho sentimiento de poder y de elección haya cambiado los
hábitos de visionado ni que el contenido consumido por los usuarios
frecuentes de VCR y por televidentes muy asiduos se traduzca en opiniones,
valores y estereotipos demasiado distintos de aquellos presentes en los
programas de las cadenas habituales (Morgan, Shanahan y Harris, 1990). Considerando
los vínculos muy estrechos entre las varias industrias de producción y
distribución de contenido electrónico mediático y el hecho de que su mayoría
intenta atraer la mayor y más heterogénea audiencia, el material de
programación más popular presenta mensajes consistentes y complementarios
pero que no dejan de ser reproducciones de emisiones que ya habían
anteriormente demostrado ser muy rentables. Por ejemplo, Waterman y Grant
(1991) examinaron la programación por red y por cable así como los índices
Nielsen y descubrieron que "la programación de gran atractivo" ya
emitida justificaba "una mayor proporción de menús de televisión por
cable y una todavía mayor proporción de visionado por cable" (pág. 138).
La mayor variedad observada proviene sobre todo de los efectos novedosos de
estilo, protagonistas y tramas, que no de los cambios en la estructura y en
la perspectiva de los programas. Naturalmente,
lo más popular tiende a reflejar (y a fomentar) ideologías culturales
dominantes. Si bien es cierto que el VCR permite a los espectadores
selectivos (mayormente de programas de contenido ligero) buscar material
especializado, a menudo "minoritario" (Dobrow, 1990), la mayoría de
espectadores corrientes utilizan tanto el VCR como el cable para visionar más
aún los programas 1 más populares, lo cual aumenta los efectos televisivos
establecidos en lugar de minarlos (Morgan, Alexander y Shanahan, 1990; Mor
gan, Shanahan y Harris, 1990). Aquello
que con mayor probabilidad acultura las concepciones estables y comunes de la
realidad es, por lo tanto, el patrón general de la programación al que se
exponen regularmente comunidades enteras durante largos períodos de tiempo.
Éste es, en efecto, el patrón de caracterización, desarrollo, tipificación
social, acciones y resultados asociados que define los tipos de programas,
los modos de visionado y el mundo de la televisión. Los espectadores han
nacido dentro de este mundo simbólico y no pueden evitar la exposición a sus
patrones recurrentes, a menudo varias veces al día. Desplazamiento
de investigación de "efectos" a investigación de
"aculturación"
La mayor
parte de la investigación científica sobre el impacto social de la televisión
sigue una pauta de modelos teóricos y de procedimientos metodológicos que
investigan el marketing y la persuasión. Se ha invertido mucho tiempo,
energía y dinero para intentar cambiar las actitudes y el comportamiento del
público. Sin embargo, y en su mayor parte, la conceptualización de efecto
sobre el cambio individual a corto plazo, no ha producido resultados que
ayuden a comprender las características distintivas de la televisión
anteriormente mencionadas. Dichas características incluyen una exposición
masiva y común, a largo plazo de públicos muy amplios y heterogéneos a
historias sistemáticas y repetitivas, distribuidas de forma masiva y
producidas centralmente. La tradición investigadora y las inhibiciones
ideológicas tienden, sin embargo, a oponer resistencia a la "perspectiva
de aculturación". La
investigación tradicional de efectos se basa en la evaluación de la
información específica, educativa, política y de marketing, a través de la
exposición selectiva y de las diferencias mensurables entre los sujetos
expuestos y los no expuestos. Los estudiosos inmersos en dichas tradiciones
encuentran muy difícil aceptar el énfasis del análisis de aculturación
aplicado a una inmersión total en lugar de realizar un visionado selectivo y
sobre la evidencia de similitudes estables de aspecto en lugar de hacerlo
sobre las demás fuentes de cambio y de diferenciación cultural. De modo
similar, estamos todavía inmersos en la ideología del culto a la letra
impresa y sus ideales de libertad, diversidad y elección activa. Este ideal
también se hace cargo de la producción y selección de información y diversión,
desde el punto de vista de una variedad de intereses competitivos y
conflictivos. Por eso muchos se resisten ante lo que consideran la esencia
del análisis de aculturación proyectado sobre el espectador
"pasivo" y la disolución que dicho énfasis efectúa sobre el público
auténtico. Parece lógico argumentar que otras circunstancias intervienen y
pueden afectar e incluso neutralizar en algunos casos el proceso de
aculturación que muchos espectadores aunque no la mayoría ejercen
selectivamente y que la selección efectiva de programas debería producir un
efecto diferenciador. Lejos de
discutir estas afirmaciones, las hemos tenido en cuenta en nuestras
estrategias analíticas, pero, una vez más, creemos que centrarse únicamente
en las diferencias individuales y los cambios inmediatos significa ignorar el
profundo reto histórico que es la televisión, no solamente desde el punto de
vista investigador, sino también desde las tendencias tradicionales que rigen
el juego democrático. Dicho reto se fundamenta en la absorción de distintas
actitudes y concepciones para formar una base común y estable. La teoría de
aculturación se basa en los resultados de una investigación que encontró la
persistente tendencia a alejarse del eje central en una gran variedad de corrientes
y contracorrientes conceptuales. El modo de enfocar amplios grupos de
consumidores de televisión muy asiduos y de muy distintos orígenes sociales
desde una perspectiva común requiere una aproximación teórica y metodológica
distinta de la utilizada por la investigación tradicional sobre efectos
mediáticos, adecuada a las distintas dinámicas televisivas. Dicha
aproximación se ha desarrollado a través del proyecto de Cultural
Indicators. Indicadores
culturales
El
proyecto Cultural Indicators tiene una base histórica, una guía
teórica y un soporte empírico (Gerbner, 1969, 1970, 1972a). Aunque las
primeras actividades se centraron de manera primordial en ¡ti naturaleza y en
las funciones de la violencia televisiva. el proyecto Cultural Indicators se
concibió a grandes rasgos desde su inicio. Incluso el elemento de violencia
resultó ser primordialmente una demostración de poder en el ámbito televisivo
con implicaciones graves para el control social y la confirmación y
perpetuación de situaciones minoritarias y de desajuste social (Gerbner,
Gross, Signorielli, Morgan y Jackson-Beeck, 1979; Morgan, 1983). A medida que
avanzaba el proyecto iba incorporando una amplia gama de tópicos, de aspectos
e intereses (Gerbner y Gross, 1976). Hemos investigado hasta qué punto el
visionado televisivo afecta a las concepciones y las acciones de la audiencia
en áreas como género, minorías, estereotipos de rol relacionados con la edad,
salud, ciencia, la familia, nivel académico y aspiraciones, política,
religión y otras, todas ellas examinadas cada vez con mayor frecuencia en
contextos comparativos de cruce cultural. El estudio
Cultural Indicators tiene tres líneas estratégicas de investigación
(para más detalles véase Gerbner, 1973). La primera línea, llamada proceso de
análisis institucional, investiga la formación de políticas que rigen el
flujo masivo de los mensajes mediáticos. (Para algunos ejemplos, véase
Gerbner, 1972b, 1988.) Las otras dos líneas tienen una relevancia más directa
en nuestro actual enfoque, y las llamamos análisis de sistema y análisis de
aculturación. Ambas se relacionan con (y ayudan a relacionar) teorías sobre
los impactos televisivos más sutiles y más extensamente divulgados. Desde 1967
hemos utilizado la segunda línea para registrar muestreos anuales de una
semana de duración relativos a dramatizaciones televisivas de la red de
canales norteamericanos (y, cuando ha sido posible, hemos incluido datos de
otros países cooperantes). Hemos sometido estos sistemas de mensajes a
análisis de contenido con el objeto de delinear con precisión las
características seleccionadas y las tendencias que el mundo de la televisión
presenta a sus espectadores.' Creemos que los patrones más persistentes,
comunes a muchos tipos de programas diferentes pero característicos del
sistema de programación, contienen las lecciones potenciales que cultiva la
televisión. Utilizamos estos abultados patrones de contenido como fuente de
preguntas para nuestra tercera línea de análisis de aculturación. En la
tercera línea examinamos las respuestas obtenidas a las preguntas
relacionadas con la realidad social entre aquellas personas con grados
variable de exposición al mundo televisivo (los no espectadores son escasos
en número y están demasiado dispersos demográficamente como para ser de
utilidad para una investigación seria; Jackson Beeck, 1977). Queremos
determinar si aquellos que emplean más tiempo ante el televisor tienen más
probabilidades de responder a estas preguntas de tal manera que reflejen las
lecciones potenciales del mundo televisivo (dar la "respuesta
televisiva") que aquellos que ven menos televisión pero que pueden en
cualquier caso compararse (en términos de características demográficas
importantes) con los espectadores más ávidos. Hemos
utilizado el concepto de "aculturación" para describir las
contribuciones independientes que hace el visionado televisivo a las
concepciones de realidad social del espectador. El "diferencial de
aculturación" es el margen de diferencia en concepciones de realidad
entre los espectadores ávidos y los eventuales dentro de los mismos subgrupos
demográficos. Proceso
multidireccional
Nuestra
utilización del término aculturación aplicado a la contribución que la
televisión efectúa a las concepciones de realidad social, no es un mero
"efecto". Tampoco implica necesariamente un proceso monolítico de
una sola vía. Las influencias de un medio persistente en la composición y
estructura del entorno simbólico son sutiles, complejas y se entrelazan con
otras influencias. Es por ello que esta perspectiva asume un papel de
interacción entre el medio y sus públicos. Los
elementos de aculturación no nacen ni con la televisión ni aparecen
espontáneamente. Los estratos sociales, los contextos culturales y personales
también determinan la forma, alcance y grado de contribución que la
televisión es susceptible de ejercer; sin embargo, los
"significados" de dichos contextos y factores también forman parte
del conjunto de aspectos del proceso de aculturación. Sin lugar a dudas, el
sexo, edad o clase de un espectador determinado establecen una diferencia en
la perspectiva, pero el visionado televisivo también puede marcar una
diferencia interactiva v similar. El hecho de visionar un programa puede, por
ejemplo, definir el significado de ser mujer, adolescente o miembro de una
clase social determinada. La interacción es un proceso continuo (como lo es
la aculturación) que empieza con la infancia y acaba en la tumba. Simplemente,
la televisión no "crea" ni "refleja" imágenes, ni
opiniones ni creencias, antes bien es un aspecto íntegro de un proceso
dinámico. Las necesidades y objetivos institucionales influyen en la creación
y distribución de los mensajes masivos producidos que conforman, se adecuan,
explotan y apoyan las necesidades, valores e ideologías de los públicos
masivos. Éstos, a su vez, adquieren identidades distintas como públicos,
debido en parte a su exposición a mensajes de flujo constante. La
pregunta "¿quién fue primero?" es irrelevante y conduce a error. El
ser humano nace en un entorno simbólico cuyo predominio es la televisión. Los
niños aprenden a ser espectadores años antes que lectores, incluso mucho
antes de aprender a hablar. La televisión conforma y es parte estable de
objetivos y estilos de vida. Conecta el mundo del individuo con otro sintético
y mucho más amplio, el mundo creado por la televisión. Una gran
mayoría de seres humanos con ciertas características sociales y psicológicas,
ciertas predisposiciones y actitudes ante el mundo y con pocas alternativas
tan atractivas y seductoras como la televisión utilizan este medio como
vehículo principal de participación cultural. Hasta el punto en que la
televisión domina sus recursos de diversión e información, su exposición
continuada a los mensajes televisivos reiterará, confirmará y alimentará
(cultivará) sus propios valores y perspectivas (véanse Gerbner, 1990; Morgan
y Signorielli, 1990). No debería
confundirse la aculturación con un simple sistema de apoyo (aunque
seguramente la reafirmación y la estabilidad ante las presiones de cambio no
es una influencia despreciable). La aculturación, asimismo, no debería
sugerir que el visionado televisivo es un mero síntoma de otras disposiciones
y objetivos. Finalmente, no debería considerarse que hemos descartado la
posibilidad de cambio: hemos hallado, en efecto, cambios dentro de la primera
"generación televisiva" (Gerbner y Gross, 1976) y en estudios
posteriores que han analizado las costumbres de los espectadores a lo largo
del tiempo (Morgan, 1982; Morgan, Alexander, Shanahan y Harris, 1990; Morgan
y Rothschild, 1983). El cambio es también aparente a medida que la televisión
se extiende a varias áreas rurales (Morgan, 1986) y al mundo en general
(Morgan, 1990). Cuando
hablamos de la "contribución independiente" del visionado
televisivo, queremos decir que el desarrollo (en algunos) y el mantenimiento
(en otros) de algunos conjuntos de actitudes y creencias se hallan en la
práctica regular y acumulativa de exposición al mundo televisivo. Nuestros
estudios longitudinales en adolescentes (Gerbner y otros, 1980a; Morgan,
1982, 1987; Morean, Alexander y otros, 1990) demuestran que la televisión
puede ejercer una influencia independiente sobre actitudes y comportamientos
a lo largo del tiempo, pero que las prácticas concretas y las estructuras de
creencias cotidianas también pueden influir sobre los visionados televisivos
posteriores. La idea de
aculturación no se concibe como unidireccional, sino más bien como un proceso
gravitacional. El ángulo de dirección de la "atracción" depende de
si el grupo de espectadores y sus estilos de vida están alineados con el eje
de gravedad o predominio del mundo de la televisión. Cada grupo puede tomar
una dirección distinta, pero todos los grupos se ven afectados por la misma
corriente central. La aculturación es, pues, parte de un proceso continuo y
dinámico de interacción entre mensajes y contextos y ello es cierto a pesar
de y debido al carácter del proceso, ya que cuando la televisión se establece
como el brazo cultural principal de una sociedad estable, existe una relativa
estabilidad o, de haber cambios, son lentos. Por supuesto que un cambio
radical en las relaciones sociales puede conducir a un cambio en el sistema
de mensajes y, consiguientemente, a la aculturación de perspectivas nuevas y
distintas. Cuando los
estudios de campañas mediáticas que preconizaban cambios hallaron pocos o
ninguno, el sentido común ante dichos resultados concluyó que los media
tenían escaso o ningún efecto, pero en realidad el análisis de aculturación
puede llevar a la conclusión opuesta: a menudo "ningún cambio"
refleja la fuerza del proceso de aculturación cotidiano. En una estructura
social relativamente estable, el término aculturación implica un conjunto de
actitudes y de resistencia al cambio. A medida
que las generaciones sucesivas crezcan con una versión televisiva del mundo,
las distinciones antiguas y más tradicionales establecidas antes de la era
televisiva y que todavía mantienen los espectadores esporádicos, irán
desapareciendo. El concepto de aculturación significa para la mayoría de
espectadores un establecimiento progresivo de orientaciones predominantes.
Dicho proceso de aparente convergencia de actitudes es lo que hemos dado en
llamar mainstreaming. Análisis
de los métodos de aculturación
El
análisis de aculturación comienza con el análisis del sistema de mensajes que
identifica los patrones de contenido televisivo más recurrentes, estables y
de mayor alcance. Dicho análisis está compuesto por imágenes consistentes,
descripciones y valores comunes a la mayoría de programas prácticamente
ineludibles para el espectador habitual y, sobre todo para el muy ávido. No
deben considerarse como programas, tipos o géneros específicos, sino que
constituyen un sistema de mensajes agregados dentro de la televisión. Debemos
hacer hincapié, una vez más, en el hecho de que los análisis de aculturación
basados en preferencias de programación, exposiciones poco duraderas o
definiciones de cambio y diversidad programática (todos ellos testados como
"réplicas"), pueden iluminar algunos efectos mediáticos, pero no se
incluyen fundamentalmente en las premisas de la teoría de aculturación, que
preconiza que sólo una exposición consistente, repetitiva y de largo alcance
a patrones de programación comunes como puedan ser la tipificación, la
tipificación social y el "destino" de los distintos tipos sociales,
pueden producir una aculturación estable y unas imágenes vitales y sociales
ampliamente compartidas. Existen
muchas discrepancias críticas entre el mundo y "el mundo descrito por la
televisión". Se utilizan los resultados de los análisis sistemáticos de
mensajes televisivos para formular preguntas sobre las "lecciones"
potenciales de visionado que afectan a las concepciones humanas de la
realidad social. Algunas de dichas preguntas son semiproyectivas, otras
tienen un formato con un elemento erróneo añadido a propósito y, finalmente,
otras miden sencillamente las opiniones, creencias, actitudes y
comportamientos (ninguna de ellas requiere del espectador su opinión sobre la
televisión propiamente dicha). Se
utilizan técnicas estándar de la metodología de sondeo para preguntar a
adultos, adolescentes o niños (el muestreo se rige por probabilidad nacional,
regional o conveniencia). Los análisis secundarios nacionales a gran escala
(por ej.: The National Opinion Research Center's General Social Surveys) se
utilizan a menudo cuando contienen preguntas relacionadas con las
"lecciones" potenciales del mundo televisivo y datos de visionado
disponibles para los encuestados. El visionado televisivo se evalúa generalmente
por medio de indicadores múltiples que responden a la cantidad de tiempo que
emplean los encuestados en un día promedio ante el televisor. Es difícil
definir con precisión el significado de "poco", "medio",
"mucho" cuando se refiere al visionado efectuado por los
especta-dores y que se obtiene a partir de un muestreo individual porque la
cantidad de tiempo empleado es relativa incluso cuando se haya utilizado un
sistema de división de tiempo de tres vías para conseguir una respuesta lo
más precisa posible. Sin embargo, es importante que los resultados arrojen
una diferencia relativa importante en los niveles de visionado en lugar de
una cantidad de horas real o específica: los espectadores más voraces dentro
de un muestreo cualquiera conforman el grupo de población sobre el que puede
comprobarse la aculturación.[3] La
pregunta hecha a los encuestados no menciona la televisión y el hecho de que
los encuestados sean o no conscientes de ello, así como sus opiniones sobre
la fuente de información personal, se consideran irrelevantes en este
estudio. Las relaciones resultantes, de haberlas, entre cantidad de visionado
y tendencia a responder a estas preguntas en términos de factores dominantes
y repetitivos, ideologías y valores sobre el mundo de la televisión
(constantes una vez más) reflejan la contribución hecha por la televisión a
las concepciones de realidad social que tienen los espectadores. La
evidencia observable de aculturación puede parecer modesta en términos
absolutos de. volumen. Es posible que incluso los espectadores poco ávidos
vean la televisión varias horas al día, y, por supuesto, vivan dentro de la
misma cultura general que los espectadores voraces. Consiguientemente, el
descubrimiento de un patrón sistemático de diferencias pequeñas pero
recurrentes entre espectadores poco ávidos y espectadores voraces puede tener
consecuencias de mucho peso. Sólo hace falta variar la temperatura promedio
en unos pocos grados para pasar a la edad de hielo o al calentamiento global.
Un espectro de márgenes del 3 % al 15 % (característico de nuestros
"diferenciales de aculturación") aplicado a un sector amplio y
normalmente estable puede marcar una diferencia abismal, una apropiación de
mercado o una epidemia y ciertamente desequilibra cualquier elección, voto u
otra decisión que en un principio hubiesen sido cuidadosamente sopesados. Un
desplazamiento ligero pero recurrente (por ej.: generacional) en la
aculturación de perspectivas comunes puede alterar el clima cultural v
desequilibrar los balances social y político de la capacidad de decisión
aunque no se aprecien necesariamente cambios de comportamiento. Un solo punto
de diferencia en el porcentaje de niveles de audiencia de un gran mercado
cuesta millones de dólares en ingresos publicitarios, y las cadenas
ciertamente lo saben. Variaciones
en la aculturación
Como hemos
dicho anteriormente, la aculturación no tiene un flujo unidireccional de
influencia televisiva hacia la audiencia, sino que participa en un proceso de
interacción entre mensajes y contextos dinámico y continuo. En muchos casos,
aquellos que más televisión ven (los espectadores voraces) son más propensos
a dar, en todos o en la mayoría de subgrupos, las "respuestas
televisivas". Sin embargo, los patrones son a menudo mucho más
complejos. La
aculturación depende de y es una manifestación de hasta qué punto las
imágenes televisivas dominan las fuentes de información del espectador. Por
ejemplo, la interacción personal causa una diferencia. La aculturación entre
los adolescentes puede aumentar o disminuir según sean los patrones de
orientación y visionado televisivo que compartan con sus padres (cross y
Morgan, 1985; Rothschild y Morgan, 1987). También los niños que están más
integrados en grupos familiares de influencia cohesivos, tienen más
resistencia a la aculturación (Rothschild, 1984). La
experiencia directa también desempeña un papel importante. La relación entre
la cantidad de material visionado y el miedo a la delincuencia es mayor entre
aquellos que viven en áreas urbanas de alto riesgo. A este fenómeno le hemos
llamado "resonancia", donde la realidad cotidiana y la televisión
aportan una doble dosis de mensajes que "resuenan" o magnifican la
aculturación. Las relaciones entre la cantidad de visionado y la tendencia a
percibir la violencia de forma exagerada son también más marcadas en aquellos
subgrupos demográficos del mundo real (por ej.: minorías) cuyos equivalentes
en el mundo ficticio son victimizados relativamente más a menudo (Morgan,
1983). El
visionado televisivo también se relaciona de distinta manera pero
consistentemente con diferentes grupos de situaciones vitales y de opinión.
Una gran parte del énfasis teórico y analítico de muchos estudios sobre la
aculturación se dirige hacia la determinación de los procesos condicionantes
que lo realzan, lo disminuyen o bien intervienen en cualquier otro modo. Existen
muchos factores y procesos que producen variaciones significativas tanto
teóricas como sistemáticas en los patrones de aculturación. Sin embargo,
existe un proceso que destaca tanto como indicador de vulnerabilidad
diferencial como, en general, como patrón consistente representativo de una
de las consecuencias más profundas de la vida con la televisión y que recibe
el nombre de mainstreaming. Mainstreaming
La mayoría
de culturas están articuladas por corrientes muy diversas, pero esto no es
óbice para que existan unos conjuntos típicamente dominantes de valores,
creencias y prácticas. Esta corriente dominante no es simplemente la suma de
todas las corrientes y subcorrientes coincidentes, sino que constituye el
factor predominante más general, funcional y estable que representa las
dimensiones más amplias de los significados y de los presupuestos
compartidos. Es esto lo que en última instancia define todas las demás
corrientes coincidentes así como las subcorrientes, inclusive aquello que
Williams (1977) dio en llamar "tensores residuales y emergentes".
El papel central de la televisión en nuestra sociedad representa el canal
primordial de predominio en nuestra cultura. Este
predominio puede ser considerado como un conjunto relativamente común de
actitudes y de valores que la exposición televisiva muy intensa tiende a
cultivar. Mainstreaming significa que un visionado voraz puede
absorber e incluso aniquilar las diferencias de perspectiva y de
comportamiento que, en términos normales, emanan de otros factores e
influencias. En otras palabras, las diferencias halladas en las respuestas de
grupos distintos de espectadores y que normalmente se asocian con la variedad
cultural, social y política de los mismos, se ven menguadas cuando se trata
de respuestas dadas por espectadores muy voraces dentro de dichos grupos. Por
ejemplo, las diferencias regionales y socioeconómicas y la ideología política
son mucho menos influyentes en las actitudes y creencias de los espectadores
ávidos. El mainstreaming
en tanto que proceso representa la elaboración teórica y la verificación
empírica de la aculturación televisiva de perspectivas comunes. Representa
una homogeneización relativa, una absorción de puntos de vista divergentes y
una convergencia aparente de miras dispares sobre los patrones televisivos de
gran alcance. Las distinciones anteriores tradicionales (debidas en parte a
la relativa diversidad del medio impreso) se van diluyendo a medida que las
generaciones y los grupos sucesivos se encauzan culturalmente en la versión
televisiva del mundo. A través de este proceso predominante es posible que la
televisión se haya convertido en el siglo XX en el melting pot de los norteamericanos
y, progresivamente, en el de otros países alrededor del mundo. La figura
2.1 ilustra algunos modelos distintos del proceso de aculturación obtenidos
al comparar subgrupos. En el gráfico a, los subgrupos muestran líneas de base
distintas pero las asociaciones son equivalentes y no existe interacción. Los
gráficos b, c y d muestran efectos típicos del mainstreaming e
implican que las diferencias entre el espectador poco asiduo y el espectador
voraz no necesitan ni apuntar en la misma dirección ni involucrar a todos los
subgrupos. El patrón del gráfico e muestra el tipo de interacción que
llamamos "resonancia" y en el gráfico f no existe ninguna relación
entre ningún subgrupo. A excepción del gráfico f todos estos modelos reflejan
el proceso de aculturación y se relacionan con su centro de gravedad o
predominio televisivo.
Las
divergencias claramente definidas entre la realidad simbólica y la realidad
independientemente observable ("objetiva") ponen convenientemente a
prueba hasta qué punto las versiones televisivas de "los hechos" se
incorporan o absorben dentro del contenido que los espectadores voraces toman
por descontado. Descubrimos, por ejemplo, que las dramatizaciones televisivas
tienen tendencia a representar muy poco a las personas más mayores. Aunque
las personas de más de 65 años son el segmento de población de más rápido
crecimiento en el mundo real en los EE.UU., los espectadores muy ávidos
tienden a opinar que los ancianos pertenecen a una "raza en
extinción" y que, comparado con veinte años atrás, son menos, están en
peores condiciones de salud y viven menos años que antes -todo lo contrario a
los hechos (Gerbner, Gross, Morgan y Signorielli, 1980b). Para tomar
otro ejemplo en consideración, compararemos la probabilidad que tienen los
personajes televisivos de hallarse en situaciones violentas con la del resto
de los mortales. Mucho más de la mitad de los protagonistas televisivos más
importantes se encuentran cada semana involucrados en algún tipo de acción
violenta. A pesar de que las estadísticas del 17131 tienen limitaciones
claras, indican que en cualquier período de un año menos del 1 % de la
población de los EE.UU. es víctima de violencia criminal. Hemos encontrado
una considerable cantidad de apoyo al postulado de que la exposición muy
intensa al mundo de la televisión cultiva percepciones exageradas sobre la
cantidad de gente involucrada en violencia en cualquier semana que se tome
como muestra (Gerbner y otros, 1979; Gerbner y otros, 1980a), así como
numerosas creencias poco precisas sobre crimen y administración de justicia. Repitiendo
lo que ya hemos subrayado anteriormente, el análisis de aculturación se
centra en los patrones de alcance amplio y en otras características comunes
en la mayoría de tipos de programación y de larga duración. Pero la investigación
no se limita a las lecciones de "hechos" televisivos comparadas con
las estadísticas del mundo real (o incluso imaginario, pero distinto).
Algunos de los aspectos más importantes e interesantes del análisis de
aculturación incluyen la transformación simbólica de los datos del sistema de
mensajes en hipótesis sobre suposiciones y aspectos más generales. Los
"hechos" del mundo televisivo se aprenden, evidentemente, bastante
bien tanto si los espectadores creen o no en lo que ven en la televisión o
dicen distinguir una presentación real de una ficticia (En realidad, la mayor
parte de lo que sabemos o creemos saber es una mezcla de todas las historias
que hemos absorbido. La cuestión "factual", que puede ser altamente
selectiva, y la "ficticia", que puede ser altamente realista, son
más bien preocupaciones de estilo que funciones dentro de un esquema total de
conocimiento.) Las "lecciones" repetitivas que aprendemos de la
televisión desde nuestra infancia pueden convertirse en la base de una
opinión más amplia acerca del mundo, con lo cual podemos convertir la
televisión en una fuente importante de valores generales, ideologías y
perspectivas, así como de asunciones específicas, de creencias e imágenes.
Hawkins y Pingree (1982) lo llamaron la aculturación de "los sistemas de
valores" (véanse también Hawkins y Pingree, 1990). Una buena
muestra de esto es lo que hemos dado en llamar el síndrome del "mundo
mezquino". Nuestros datos nos dan poca información directa sobre el
egoísmo o altruismo de la gente y ciertamente no existen estadísticas reales
sobre hasta qué punto se puede confiar en el ser humano. Sin embargo, hemos
descubierto que, a largo plazo, la exposición a la televisión donde la
frecuente violencia es prácticamente ineludible, tiende a cultivar la imagen
de un mundo relativamente mezquino y peligroso. Las respuestas de los
espectadores muy ávidos comparadas con las de grupos parecidos de
espectadores menos frecuentes sugieren una concepción de la realidad en la
que es necesaria una mayor protección, "no se puede confiar" en la
mayoría de la gente, y casi todo el mundo "busca su propio interés"
(Gerbner y otros, 1980a; Signorielli, 1990a). El Mean
World Index confeccionado a base de artículos asociados a la violencia,
también ilustra las implicaciones mainstreaming de visionado
(Signorielli, 1990a). Por ejemplo, combinando datos de los General Social
Surveys de los años 1980, 1983 y 1986, tanto espectadores voraces como los
poco frecuentes sin estudios universitarios son susceptibles de dar resultados
muy altos en el Mean World Index: un 53 % de ambos grupos está de
acuerdo en al menos dos o tres ocasiones. Sin embargo, entre aquellas
personas con algún tipo de educación superior, el visionado televisivo
produce un efecto considerablemente distinto: un 28 % de los espectadores
poco frecuentes comparado con un 43 % de los espectadores voraces en este
subgrupo arrojan resultados altos en el Mean World Index. Existe pues
una diferencia de 25 puntos en el porcentaje de los dos subgrupos de
telespectadores poco frecuentes, pero solamente de 10 puntos entre los dos
subgrupos de telespectadores ávidos. Varios otros grupos de espectadores muy
frecuentes se encuentran asimismo en el "mainstream televisivo". Otro
ejemplo de supuestos extrapolados se refiere a la imagen de las mujeres. El
estatus dominante mayoritario de la figura masculina en televisión no
significa que los espectadores voraces ignoren la realidad diaria ni
infravaloren el número de mujeres en la sociedad. No obstante, su
insuficiente representación en el mundo televisivo equivale a una
presentación relativamente limitada (y, por lo tanto, más estereotipada) de
sus roles y actividades. La mayoría de grupos de espectadores ávidos y con
otras características constantes dan un resultado más alto en una
"escala sexista" que utilizó datos del NORC General Social
Surveys (Signorielli, 1989). Otros
estudios varios han examinado las suposiciones referidas a los roles de
género en resultados de sondeos realizados con niños y adolescentes. Morgan
(1982) averiguó que la televisión fomentaba nociones tales como "las
mujeres son más felices en casa cuidando de sus hijos" y "los
hombres nacen con más ambición que las mujeres". Rothschild (1984)
descubrió que unos niños de tercero y quinto grado que veían la televisión
con más frecuencia, estereotipaban las actividades relacionadas con un sexo
determinado (por ejemplo, cocinar, hacer deporte) y las cualidades asociadas
con un género (por ejemplo cariño, independencia) siguiendo las líneas
tradicionales del rol de géneros. Aunque parece ser atribuible al visionado
televisivo el hecho de que niños y adolescentes adopten actitudes sobre
ciertas tareas relacionadas con un sexo, el visionado en sí no estaba en este
caso relacionado con la ejecución real de dichas tareas (Morgan, 1987;
Signorielli y Lears, 1991). Otros
estudios han versado sobre las asunciones efectuadas acerca del matrimonio y
del trabajo; Signorielli (1990b, en prensa) halló que la televisión parece
fomentar ciertos puntos de vista fijos acerca del matrimonio pero
aparentemente contradictorios sobre el trabajo. Los espectadores adolescentes
muy ávidos, a menudo deseaban situaciones laborales de alto estatus que les
dieran la oportunidad de ganar mucho dinero, pero asimismo preferían trabajos
relativamente fáciles con largos períodos vacacionales y tiempo para dedicar
a otras cosas. Otras
extrapolaciones del patrón de contenido incluyen opiniones políticas. Hemos
argumentado por ejemplo que puesto que la televisión persigue obtener
audiencias amplias y heterogéneas, sus mensajes están diseñados de tal manera
que ofendan lo menos posible. Por este motivo, tienden a equilibrar
perspectivas opuestas y a adoptar una linea supuestamente central sin ningún
predominio ideológico. Hemos descubierto que los espectadores ávidos son los
que con mayor frecuencia se autodenominan "moderados" en lugar de
"liberales" o "conservadores" (véanse Gerbner, Gross,
Morgan y Signorielli, 1982, 1984). Hemos
observado que durante muchos años este dato es recurrente en los informes del
General Social Survey (GSS). Los datos GSS de 1990 reafirman una vez
más esta tendencia, como se demuestra en la tabla 2.1. Los espectadores
ávidos de todos los subgrupos tienden a declararse "moderados" y
evitan proclamarse ya sea "liberales" o "conservadores".
La figura 2.2 muestra las tendencias democráticas independientes y
republicanas. El porcentaje que ha elegido la etiqueta de
"moderado" es mucho más alto entre los espectadores ávidos,
independientemente del partido, y los demócratas que son a su vez
espectadores ávidos pocas veces se autoproclaman "liberales". Sin
embargo, entre los espectadores ávidos de inclinación republicana existe poca
tendencia a autodefinirse como "conservadores". Desde 1975, la
tendencia general que se muestra en estos datos se ha publicado anualmente. Tabla
2.1. Visionado televisivo y autocalificación política en el General Social
Survey 1990. (N=885)
#p<,10
*p<0,5. **p<0,1. Nota:
visionado televisivo: Bajo = 1h diaria o menos (N=224); Medio = 2 o 3 h
diarias (N=418); Alto = 4h diarias o más (N=243). Género: Hombres (N=394);
Mujeres (N=491). Edad: Jóvenes= 18 a 30 años (N=203); E. Median. =31 a 64
años (N=515); Mayores= 65 años o más (N=167). Educación: Est Elem.= 12 o
menos años (No universit; N=449); Est.Sup. = 13 años o más (Algo universit.
por lo menos; N =435). Ingr. Bajos = inferior $ 25,000 anuales (N=368); Ingr.
Altos = $ 25.000 o más anuales (N=433). Partido: Demócrata (N=320); Indep.
(N=268); Republ. (287). Sin
embargo, al observar las posiciones reales extraídas de ciertas cuestiones
políticas, se desprende que la palabra predominio no significa adoptar una
línea central. Cuando se analizan las respuestas a las preguntas del NORC
General Social Surveys acerca de actitudes y opiniones sobre temas tales
como segregación racial, homosexualidad, aborto, derechos minoritarios, y
otros temas que tradicionalmente han separado a liberales de conservadores,
hallamos que dicha división predomina entre aquellos que ven muy poco la
televisión. Por encima de todo, los moderados con estilo propio están más
cerca de los conservadores que de los liberales. Entre los espectadores muy
asiduos, los liberales y los conservadores se asemejan mucho más entre sí que
los espectadores poco frecuentes. Asimismo hemos notado (Gerbner y otros,
1982, 1984) que aunque el predominio se inclina hacia la derecha en temas
políticos, no es así en cuestiones económicas, por ej.: solicitud de mayores
servicios sociales y menos impuestos, lo cual refleja la influencia de una
orientación de marketing y del asentamiento de conflictos potenciales de
demandas y expectativas. Las
implicaciones de la aculturación para política exterior se reflejaron en un
estudio de actitudes hacia la guerra del Golfo Pérsico (Lewis, Jhally y
Morgan, 1991). Los espectadores más ávidos conocían mejor la terminología
militar y apoyaban más la guerra pero, en general, tenían menor información
acerca de Oriente Medio. La cantidad general de visionado era más importante
que la exposición específica a las noticias. Análisis
de aculturación internacional
El
análisis de aculturación[ ]se presta a estudios
comparativos tanto multinacionales como multiculturales (Gerbner, 1977, 1989;
Morgan, 1990). De hecho, este tipo de estudio es el mejor método para
encontrar similitudes y diferencias en un amplio sistema más allá de las
fronteras nacionales y del significado real de las políticas culturales
nacionales. El sistema
televisivo de cada país refleja su contexto histórico, político, social,
económico y cultural (Gerbner 1958, 1969). Aunque tanto las películas como la
televisión norteamericanas están muy presentes en la mayoría de pantallas de
casi todos los países (Varis, 1984), esto se combina con producciones locales
y demás a fin de componer "mundos" sintéticos culturalmente
específicos. Otros sistemas y políticas mediáticas pueden o no proyectar
imágenes y descripciones estables, coherentes y homogéneas como las desplegadas
por los media en EE.UU. (como hemos descubierto, por ejemplo, y con sorpresa,
en la antigua Unión Soviética, de lo que nos ocuparemos más tarde); por
consiguiente, pueden prestarse o no al tipo de aculturación y de predominio
existentes en los EE.UU. (véanse Gerbner, 1990; Morgan, 1990; Tamborini y
Choi, 1990).
La labor
internacional desplegada con objeto de llevar a cabo análisis de aculturación
para hallar respuesta a la pregunta de si el medio o el sistema son el
mensaje, revela hasta dónde y cómo cada sistema de mensajes contribuye a la
concepción de la realidad social de modo congruente con sus imágenes y
mensajes más estables y recurrentes. Por supuesto que dada la diversidad de
variantes dentro de la probabilidad de aculturación, incluso dentro de los
EE.UU., no existe motivo para afirmar que los patrones de aculturación puedan
ser transculturalmente idénticos o invariables. Pingree y
Hawkins (1981) hallaron que la exposición a programas de EE.UU. (policiacos y
de aventuras en especial) se relacionaba significativamente con los índices
de resultados sobre Mean World y Violence in Society de Australia, pero
no de los EE.UU. El visionado de programas australianos no se relacionaba con
estas concepciones pero aquellos que consumían un mayor número de programas
norteamericanos eran quienes más probabilidades tenían de considerar
Australia como un país igualmente peligroso y malvado. El estudio de Weimann
(1984) efectuado con alumnos de escuela secundaria y universitarios en
Israel, encontró que los espectadores muy asiduos tenían una imagen más
idealizada y halagüeña acerca del nivel de vida en los EE.UU. En
Inglaterra, Wober (1978) descubrió pocos indicios de apoyo a la aculturación
en términos de imágenes violentas. (Véanse también Gunter, 1987; Gunter y
Furnham, 1984; Wober, 1984, 1990; Wober y Gunter, 1988.) En los programas
británicos existía poca violencia y la programación norteamericana sólo
representaba un 15 % del tiempo de programación en el Reino Unido. Piepe,
Charlton y Morey (1990) encontraron indicios de evidencia de
"homogeneización" política (predominio) en el Reino Unido altamente
coherentes con los resultados obtenidos en los EE.UU. (Gerbner y otros,
1982), como también lo hicieron Morgan y Shanahan (1991) en Argentina. En los
Países Bajos, Bouwman (1984) encontró tenues asociaciones entre cantidad de
visionado y percepciones de violencia, victimización y desconfianza, pero
estos resultados revelan la importancia del contexto cultural en
investigaciones comparativas de aculturación. Los análisis de contenido
mostraron una sólida similitud entre la televisión holandesa y la de los
EE.UU. (Bouwman y Signorielli, 1985; Bouwman y Stappers, 1984) y que mucha de
la programación holandesa se importaba de los EE.UU. Se descubrió, asimismo,
que tanto los espectadores ávidos como los menos frecuentes buscan en
general, iguales cantidades de diversión ficticia pero que los espectadores
ávidos ven más programas "informativos", lo cual difiere mucho de
la situación en los EE.UU. (véanse también Bouwman, 1982, 1983 y 1987;
Bouwman, Nelissen, y Meier, 1987; Stappers, 1984). Los
análisis de aculturación sobre concepciones de violencia, roles sexuales,
orientaciones políticas, valores "tradicionales", estereotipos
sociales y otros temas han sido también realizados en muchos otros países,
entre los que se incluyen Suecia (Hedinsson y Windahl, 1984; Reimer y Rosengren,
1990), Argentina (Morgan y Shanahan, 1991), Filipinas (Tan, Tan y Tan, 1987),
Taiwan y Méjico (Tan, Li y Simpson, 1986), Japón (Saito, 1991) y Tailandia
(Tan y Suarchavarat, 1988). Estos estudios demuestran la complejidad de
interacción existente en contextos culturales distintivos en relación con el
visionado de programas locales o importados. En Corea, por ejemplo, Kang y
Morgan (1988) hallaron que la exposición a programaciones televisivas
norteamericanas se asociaba con actitudes más liberales sobre roles de género
y valores familiares entre mujeres. Al mismo tiempo, el visionado de
televisión norteamericana entre estudiantes masculinos coreanos era
correlativo con una mayor hostilidad hacia los EE.UU. y una mayor protección
de la cultura coreana, lo cual sugiere un resurgimiento nacionalista entre
los estudiantes universitarios más politizados. La mayoría
de estos estudios examinaron países individualmente. La investigación
comparativa transcultural hace necesario normalmente un complejo despliegue de
colaboración conjunta, lo cual conlleva más tiempo, más dinero y mayores
dificultades de financiación. Sin embargo, investigaciones más recientes han
comenzado a subrayar los aspectos comparativos del análisis de aculturación.
Morgan y Shanahan (1992) llevaron a cabo un estudio entre. adolescentes en
Taiwan y en Argentina; en este último país, donde la televisión se financia
por medio de la publicidad y tiene un alto contenido de programas
norteamericanos, el visionado intensivo fomenta los roles tradicionales de
género y de autoritarismo. En Taiwan, donde los media están más controlados
por el estado, con menos importaciones de los EE.UU. y donde el visionado
general es menos intenso, el efecto de aculturación se apreció mucho menos.
Morgan (1990) también comparó la aculturación de los estereotipos de rol
sexual en cinco países. Los
análisis comparativos de aculturación a gran escala que incluyen muchos
países están planeados desde principios de los años 90. Uno de los primeros
en completarse fue el estudio sobre la televisión norteamericana y lo que
entonces era la televisión soviética. Dichos análisis, efectuados en 1989 y
1990 hallaron que la televisión desempeñaba un papel distinto en estos dos
países. En los EE.UU., pero no en la antigua Unión Soviética, la televisión
incrementa el sentimiento de ansiedad sobre la seguridad vecinal (incluyendo
comparaciones de espectadores tanto ávidos como infrecuentes de un mismo tipo
de barrio), quizá como resultado de una menor frecuencia de violencia en la
televisión soviética. En ambos países, pero especialmente en la antigua Unión
Soviética, cuanto más televisión se consumía, más aumentaba la probabilidad
de que la gente respondiera que el trabajo doméstico es esencialmente
responsabilidad de la mujer. La satisfacción general en los EE.UU. arrojó
unas cifras considerablemente menores entre los espectadores ávidos que entre
los que no lo eran, pero no así en la antigua Unión Soviética (donde resultó
relativamente baja para todo el mundo). En ambos
lugares un visionado muy intensivo tendió a reducir las diferencias de
actitud tanto sociales como económicas, aunque esto es especialmente cierto
en los EE.UU., donde dichas diferencias son más marcadas. Al disponer en el prime
time de una menor elección de series dramatizadas y tener que recurrir
más a menudo a películas, documentales, obras de teatro y otros clásicos, la
televisión soviética demostró, de hecho, gozar de una oferta mucho más
diversa que la televisión norteamericana. En cualquier caso, el visionado
televisivo parece tener consecuencias de mainstreaming mucho mayores
en los EE.UU. que en la Unión Soviética. La disponibilidad de programaciones
de una diversidad cultural y lingüística tan amplia en las antiguas
repúblicas puede también haber contribuido a la diversidad relativa de su
televisión -y a las fuerzas centrífugas que causaron su división. En
resumen, en aquellos países en que las representaciones televisivas son menos
repetitivas y menos homogéneas que en los EE.UU., los resultados del análisis
de aculturación también tienden a ser menos predecibles y consistentes. El
alcance de dicha práctica de aculturación en un país determinado también
puede depender de varios factores estructurales, como pueden ser el número de
canales disponibles, tiempo total de emisión y cantidad de tiempo de
visionado consumido por la audiencia; no obstante, dependerá especialmente
del grado de diversidad de contenido, lo cual no se relaciona necesariamente
con el número de canales disponibles. Un único canal con una estructura de
programación variada y equilibrada puede fomentar (y, de hecho, atraer) un
visionado más diversificado que muchos canales compitiendo por la misma
audiencia que utilicen atractivos parecidos y que se presten a que el
espectador dedique la mayor parte del tiempo a seleccionar las mismas
"preferencias". Los
distintos sistemas mediáticos difieren entre sí dentro de estas dimensiones y
las interacciones complejas entre todos estos elementos pueden justificar las
variedades sustanciales de aculturación transculturales. Los programas
norteamericanos importados pueden aumentar, decrecer, o ser irrelevantes
dentro de estas dinámicas. Las cuestiones clave son: a) la importancia de la
televisión en la cultura y b) la consistencia y coherencia en el sistema
total de sus mensajes. Cuanto más importante, consistente y coherente,
mayores serán las expectativas de aculturación. Conclusiones
La
televisión se impone en el entorno simbólico. El análisis de aculturación se
centra en las consecuencias de exposición ante sus patrones recurrentes de
historias, imágenes y mensajes. Nuestras teorías del proceso de aculturación
intentan comprender y explicar la dinámica de la televisión como fuerza
cultural dominante y distintiva de nuestra era. Nuestras
exploraciones y formulaciones han sido desafiadas, enriquecidas, confirmadas
y ampliadas por estudios de numerosos investigadores independientes tanto en
los EE.UU. como en el extranjero y siguen evolucionando, especialmente a
medida que se van aplicando a más países. El
análisis de aculturación no es un sustituto sino un complemento de las
aproximaciones tradicionales a los efectos mediáticos. La investigación
tradicional se preocupa más por el cambio que por la estabilidad y de
procesos más relacionados con los media que afectan al ser humano en edad más
avanzada (movilidad, instrucción, etc.) y de modo más selectivo. Ni el
modelo de "exposición antes y después" ni el concepto de
"predisposiciones" como variables contributivas, tan importantes en
los estudios de efectos tradicionales, encuentran una aplicación en el
contexto del análisis de aculturación. La televisión entra en la vida de las
personas en la infancia, y por lo tanto no se da la condición de "antes
de la exposición". La televisión desempeña un papel en la formación de las
propias "predisposiciones" que más adelante intervienen en (y a
menudo se resisten a) otras influencias e intentos de persuasión. El
análisis de aculturación se concentra en las consecuencias de crecer y vivir
con la televisión, que son las asunciones estables, resistentes y ampliamente
compartidas, las imágenes y concepciones que expresan las características
institucionales y los intereses del medio propiamente dicho. La
televisión se ha convertido en el entorno simbólico común de interacción con
la mayoría de actividades que pensamos y ejecutamos. La exploración de su
dinámica puede ayudar a desarrollar y a comprender las fuerzas de cohesión
social, de dependencia cultural y de resistencia al cambio, como también la
necesidad de desarrollar las alternativas y grado de independencia esenciales
para conducirse y autogobernarse en la era televisiva. |
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